Es
ya tarde, y no tengo nada mejor que hacer que empaparme en mis propios
pensamientos.
Me
siento contra la pared, en el puf con el cojín encima, con los pies sobre la
alfombra para que el frío suelo de mármol acabe con lo único que aún me queda
casi intacto, la salud.
Cierro
los ojos, y sin moverme de mi cuarto apareces detrás de mí, y tu voz me susurra
al oído como una especie de melodía, como un ángel, como algo difícil de comprender
que me derrite y hace relajar involuntariamente todos los músculos del cuerpo.
Trato
de olvidar que bastante lejos de aquí, tú le entregas tu amor a otro, y que yo
solo tengo lo que tengo porque me lo
merezco… hoy no volverá a ser una noche de auto-compasión.
El
momento pasa, y vuelvo a la realidad, a mi cuarto, sentado en el puf, y con el
portátil entre las piernas tratando de leer un poco.
Intento
revivir el momento. Una sensación tan pura, tan mágica, tan bella, pero tan
poco real.
La
noche volverá a ser como otra cualquiera, y yo me dormiré otra vez más como el
adolescente que soy, solo y con la cartera preparada para mañana, pero nada me
hará dejar de soñar que podía haber sido cierto, nada me hará creer que no
queda esperanza para volver a verte, para charlar un rato, para salvar el mundo
o al menos hacer algo de provecho con la vida, algo más que un simple sueño,
una realidad imperfecta pero llena de amor y constancia, de lucha y entrega, de
paz y derrota, de experiencias… de vida.