Siento apagarse y morir la parte de mí que necesitaba desahogarse
escribiendo para ser capaz de llenar luego mis pulmones de aire, o
más bien, la estoy dejando apagarse y morir, como a un viejo amigo,
como a un amigo con el que he vivido algunos de los momentos más
importantes de mi vida, y ahora comprendo que es el momento de seguir
mi camino sin él, eternamente agradecido.
Otra parte de mí, confusa, expectante, impaciente, me hace dudar,
me hace temer si seré capaz de colocar en su lugar a su hermano más
grande, fuerte, estable y seguro, antes de que el calor de mi camino
se disperse por un espacio infinito.
Su hermano mayor, al que comienzo a conocer entre la independencia
en Granada, entre ratos de mente tranquila, entre páginas escritas
desde el corazón lleno de vida y vacío de temor de gente sabia,
entre la añoranza de lo que podría ya ser y la esperanza y la
tranquilidad de la confianza que deposito en mi corazón puro y
perturbado.
Hay cosas que hecho de menos, cosas que desearía fuesen de otra
manera en este momento, ahora que estas ganas de vivir y morir con
una sonrisa en los labios y la mente despejada me inundan, pero son
cosas que no quiero forzar, o será que no he decidido aun ir tras
ellas y estoy esperando a que el cuerpo y me pida ir tras ellas.
A veces me cuesta encontrarme, a veces me fuerzo a seguir un ritmo
que no deseo, a veces no soy, pero estoy sereno y alegre porque en el
mar agitado que hacen de mi sangre los latidos de mi pecho, hay un
barco, una barquilla, pequeña y humilde, que ondea una bandera de un
hombre, un hombre que me recuerda a mí, pero rapado y con una
túnica, contemplando un amanecer en silencio.
Y cada vez que nado por ese mar, cada vez que me atacan olas y
barcos, cada vez que vivo algo que antes me hubiese hecho abandonar y
hundirme, ahora veo ese barco, veo esa bandera y ese pequeño sitio
al lado del timón que me espera, y entonces sé que no puedo
rendirme, y mi cuerpo se sobrecoge, y miro mis manos, y miro mi
rostro en el reflejo del agua, y miro al cielo, y cojo aire, y sin
miedo sigo, ahora sí, nadando hacia el barco en el que quiero pasar
el resto de mi vida.
Esto será que ya soy adulto, porque ya sé lo que quiero y
empiezo a comprender lo que debo de hacer para conseguirlo. No me
arrepiento de lo que pasó ayer. No tengo miedo de lo que pueda pasar
mañana. Hoy es ahora, y tengo mucho que aprender y que disfrutar,
algunas cosas solo, otras no.
Ese hermano mayor, ese sustituto, el símbolo de mi paso a una
nueva vida por un mundo distinto, el talismán que he de llevar
conmigo en mi mágica nueva vida.
De ahora en adelante mis fracasos son míos, y mis victorias son
mías, como siempre lo han sido, fuese o no consciente.
Más niño que nunca, más animal que nunca, más vivo que nunca,
más pleno que nunca, el hombre que mira silencioso y sereno el
amanecer.
No hay comentarios:
Publicar un comentario