Esta
mañana, cuando aún estaba adormilado la cama, momento en que la conciencia
trata de imponerse inútilmente al sueño ligero, dos pensamientos comenzaron a
rondarme, a intentar penetrar en mí.
Su
grandeza, su insistencia, el momento de lucidez y pureza de la persona que ha vuelto a la vida después del sueño
reconfortante que eligieron me hizo verlos como revelaciones que me llamaban a
vivir una vida totalmente diferente a la que vivo ahora.
Uno
no consigo recordarlo, el otro más o menos.
Me
interrogó, ha puesto a prueba mi modo de vida… me ha preguntado que cómo sería
yo en este instante si día a día viviese situaciones que me motivasen a
superarme, que me viese envuelto en un lugar donde las necesidades de la gente
se palpen nítidamente, y estas personas fuesen capaces de dejarse ayudar, si en
vez de pasar mis 17 años aquí, en Córdoba, estudiando, ya con una edad en la
que me considero maduro como para elegir lo que quiero y no quiero aprender,
aún cosas por obligación.
Me
está haciendo pensar acerca de mis sueños, de mis aspiraciones, siempre
diseñadas a miles de kilómetros en tierras y con personas que todavía no
conozco.
Pero,
¿y si…? ¿y si fuese capaz de comenzar a introducir esos sueños en mi “horario
semanal”? ¿No me daría eso la fuerza como para afrontar los días con ganas de
que lleguen, no siempre con vistas al futuro que estoy labrando, y que es
incierto, inseguro, y no sé si lo quiero?
Quizás
así dejaría de pasar por los sitios como si nada me importase realmente, como
si esta realidad se me quedase chica, incompleta, casi vacía… como me está
pasando ahora.
“Fabriqué un millón de ilusiones,
Prisioneras, que se hicieron canciones”
Son
dos versos de la canción antes que ver el
sol de “Coti” que ayer escuché mientras me llevaban a mi barrio de vuelta
en coche.
Ilusiones
que al no encontrar salida, personas con las que compartirlas, sitios donde
llevarlas a cabo, comienzan a formar un mundo en nuestro interior. Este extraño
y fantástico lugar donde habitan nuestros sueños más profundos se convierte en
el referente de nuestras acciones, solo sintiéndonos satisfechos cuando algo
que hacemos nos acerca un poco más a realizar esos sueños.
Pero
es un arma de doble filo, porque al mismo tiempo que nos crea nuestro destino y
mundo ideal, nos da esperanzas y razones para seguir luchando, al mismo tiempo
de todo eso nos aleja de la realidad, de nuestra realidad más cercana.
Tratando
de explicarlo, es como si desde chico yo hubiese querido ser un activista
vegano (personas vegetarianas estrictas que no comen nada proveniente de animales:
carne, huevos, leche, etc.) que va por el mundo dando charlas tratando de
convencer a los demás de la no necesidad de comer animales para llevar una
buena dieta.
Se
da el caso de que tengo 10 años, he visto un vídeo en internet de un hombre que
hace eso, y por esa razón deseo hacer lo mismo, pero no tengo ni amigos ni
familia con confianza para contarlo.
Esa
espinita se queda ahí, y va creciendo conmigo, al tiempo que hago mi vida
ignorando mi deseo de proteger a los animales para vivir una vida más coherente
con la tierra.
¿Qué
pasa? No cumplo mi sueño, pero cada vez que decido no comer carne para decirle
a mi madre que me prepare una ensalada, o cada vez que ayudo a un animalito o
simplemente lo acaricio, una sensación de plenitud me arropa, mayor a la
sensación que otro chico cualquiera podría sentir, ya que no tiene esa
experiencia reprimida.
“Paso
hacia mi sueño = bienestar momentáneo, plenitud, satisfacción”
¿Cuál
es el problema, el arma de doble filo?
Vivir
siempre con la mente puesta en volverme un vegano activista, sin hacerlo
realmente no me deja continuar con mi vida y con la satisfacción de luchar por
lo que creo, y me hace que me estanque.
Pero,
¿qué quiero decir con todo esto?
¡Que
es peligroso! Es totalmente peligroso vivir con sueños atrasados y nunca
realizados, porque se nos forma una gran bola que no deja pasar todas las demás
cosas bellas de la vida, que son aún más bellas cuando en nuestro estilo de
vida luchamos por las cosas que mueven nuestras entrañas.
Yo
me planteo comenzar a vivir esos pequeños y viejos sueños, e ir dejando paso a
que me inunden los nuevos.
Joder,
lo pienso y me parece que estoy escribiendo un libro de auto-ayuda mezclado con
psicoanálisis, Wuaauuuhh!!!
Bueno,
pues voy a dejar un proverbio africano, creo, que escuché esta mañana en la
tele:
“Cuando
al hombre no le quedan más palabras en la barriga, muere”.
Moraleja:
Nunca dejes de leer…
No hay comentarios:
Publicar un comentario