jueves, 6 de febrero de 2014

Vimos el mundo (casi) todos a través del mismo cristal, dentro de la misma jaula, y nos hicimos al molde como el agua se hace a la botella.

Pero ha ocurrido algo curioso: de tanto tiempo en la botella, y de tanto frío como pasamos allí, ahora que la botella no está aun conservamos su forma.

¿Acaso no veo que el molde ya no está? ¿Acaso olvidé (o nunca supe) que veía el mundo tras un cristal dentro de una jaula? ¿Nunca se me ocurrió que lo que veía quizás fuese pintado o colocado allí para yo verlo?

Ahora comprendo una cosa. Cuando escuché hablar de romper moldes y de salirse de los esquemas esas voces realmente no hablaban de romper moldes y salirse de los esquemas; hablaban de romperse a uno mismo, de salirse de uno mismo.

Comienzo a entender que no puedo romper el molde que hace mucho tiempo que ya no está, que no puedo salirme de un esquema que ahora es (soy) ¿yo?

Siento la agradable sensación de derramarme, de no esperar, de comtemplar, de inventar, de rendirme, de no temer, y al mismo tiempo noto como cargo conmigo esos pedazos de hielo que aun no recibieron la luz que emana de mi interior.

¿No soy, acaso, niño y camello al mismo tiempo?

Este es el camino que voy dejando en la arena, hacia donde el trozo de mi alma que ya es serena me pide fluir.

Mi vida no es una guerra contra mi mismo, ni tampoco una guerra contra el mundo.

Yo doy unos pasos, otros dan otros, otros no se mueven. ¿Quién soy yo para juzgar a nadie? ¿Acaso no fui y soy un ciego que caí y caigo? Para mí la sabiduría no es ir solo hacia adelante, sino comprender que donde yo caí es justo que otros caigan. Y que donde yo no caí también es justo que otros caigan, porque a la semilla que cae en tierra seca no es justo pedirle el mismo resultado que a la semilla que tiene la suerte de caer en tierra rica.

Entonces, cuando uno se comprende y comprende a los demás y comprende al mundo, la guerra ya no tiene sentido, y el calor luminoso que te hace derretirte y evaporarte y expandirte en todas direcciones en ese momento es lo que muchos hombres llamados sabios han tratado de explicar durante milenios diciendo que es lo único que no tiene precio, un estado en el que merece la pena vivir, el culmen de la especie humana: el amor.



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