Cansado y derrotado calló al borde del abismo, clavó sus rodillas en el suelo, y tras lanzar un furioso grito de amargura comenzó a sollozar desconsolado.
Aún con los ojos empañados logró atisbar las palmas de sus manos, que repletas de heridas y ungidas en barro eran levemente iluminadas por la tenue luz de luna.
Se restregó los ojos y volvió a mirarlas de nuevo. Ya no era capaz ni de recordar cuando fue la última vez que aquellas manos acariciaron el rostro de alguna chica, consolaron a algún amigo, o levantaron a quien fuese que necesitase de su ayuda en este perro mundo que cada día giraba más rápido.
Tenía miedo de quedarse a solas con sus pensamientos, pero llorar era la única droga que podía mantenerle vivo, que le hacía recordar que él aún era alguien, que tenía una misión en esta vida.
Miró por un instante atrás, y a su memoria acudieron los recuerdos de todos a cuantos amó, de aquellos a quienes juró volver a abrazar... de aquellos a quienes jamás volvería a ver.
Ahora solo se tenía a si mismo, y un objetivo que cumplir antes de morir. Lamentarse por el tiempo perdido nunca más volvería a detenerle.
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